“Yo quería irme a dónde fuera”.

Lejos de las declaraciones rutilantes o apasionadas acerca del sitio elegido para su práctica profesional y más lejos aún de querer voler, Bety es una jovencita de veinte y pocos, oriunda de Monterrey, México.

No parece sus veintidós años ni su alegría por lo vivido. Con cierto desdén, algo de desidia y quizás una matizada indiferencia, contesta a desgano mientras va entrando en confianza. Luego sí, era todo una fachada.

 

“No elegí por el sitio, ni por nada en especial, solo me llegó la chance y ni dudé. Quería viajar. Irme a donde fuera. Aunque esté muy bien en mi sitio, necesitaba salir, conocer, disfruto de ver otros lugares, otra cultura”, relata sin pausa y aprisa. Ríe, algo lejana, como pensando en esos días previos del viaje, cuando juntó sus ropas y sueños y emigró, sin nadie más que su propio ser, a la lejana Buenos Aires.

 

“Me vine unos seis meses, directamente a colaborar aquí en las oficinas de Ciudad Universitaria. Y aquí me ves, contenta, tranquila, aprendiendo a vivir aquí”. Bety no demuestra mucho sus emociones, solo deja entrever cierta nostalgia de vez en cuando. Y, quizás, algo de expectativa aún pendiente de ser cumplida: “Llevo poco tiempo aquí, en unos meses veremos qué pienso”.

 

Quiso estudiar, trabajar, conocer gente y, sobre todo, vivir la experiencia. Acomodada en un hostal de la Avenida Santa Fe, junto a varias chicas del interior de la Argentina, admite que no le preocupada mucho el nivel del trabajo ni de los estudios. Ya estaba recibida antes del Tecnológico de Monterrey y trabajaba en una buena empresa. Sin embargo, algo la incitó a moverse. Y ese algo se llama “adrenalina viajera“.

 

“Es mi momento de hacer esto, viajar y conocer, luego ya sí, volver con mi título a asentarme en casa, trabajar allí, vivir y eso”, explica como si tuviese todo resuelto hace tiempo. “No me interesa trabajar aquí ocho horas, no hacer una diferencia económica ni tener el curso de marketing. Tampoco me molesta, de hecho lo hago, pero sobre todo me interesaba estar”, dice relajada.

 

A la hora de los balances, reconoce sorpresas. Vino solo por la experiencia, para conocer, y se ha llevado varias sorpresas:  “Argentina está muy bien, me ha gustado. Aquí es multicultural, pero la gente es muy seca”. “Al menos es lo que me pasó a mí”, aclara rápidamente.

 

Bety optó por incorporarse en un curso de francés optativo y pago que eligió por su cuenta. Está feliz con eso. Le encanta poder “conocer gente de muchos países”, aún cuando reconoce que no interactúa “tanto con los argentinos”.

 

“Los argentinos no tienen buena fama. Allí en Monterrey se los critica mucho, se cree que son muy mamones. Sangrones, alzados, agrandados. Pero si bien hay alguno que otro, no es tan así y no me ha tocado que me traten mal”, aclara con énfasis. De todas formas, avisa que “no volvería” a venir al país, y lejos de ser insultante, explica que se irá feliz, pero siempre elegirá “conocer nuevos sitios, otros mundos y culturas”.

 

Bety se despide y recomienda “mucho” hacer este tipo de viajes.

“Vengan, es una ciudad muy divertida y no se van a arrepentir”

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